02 Oct

Si te gustan las historias de terror ¡Este cuento es para ti! 

Eres bienvenido a leer esta historia de suspenso y terror. Te invito a que compartas tu punto de vista y comentarios críticos. 

¡Espero que lo disfrutes y que tengas una noche de lectura inolvidable! 📖 


EL SECRETO DE LA ABUELA MARY 

Escrito por Liza Gabriela N. Pagoada - 2018

Era un día perfecto para llevar a cabo el funeral, un día perfecto para un funeral triste y lleno de melancolía. Era extraño que por las tardes lloviera en esta ciudad, especialmente en un día de Junio; pero, así era, llovía y las gotas rompían en los negros paraguas que resguardaban a las personas que cansadas de llorar solo observaban el ataúd siendo enterrado. Mi madre ha guardado silencio durante toda la tarde, anclada de mi brazo escucho su pesada respiración y cerca de mi oído susurra “La abuela Mary te quería mucho Álvaro, recuerdo la ilusión en su rostro cuando tú naciste.” dice sonriendo con gran tristeza en sus ojos. Me limito a abrazarla solamente, entiendo que la ausencia de sus lágrimas se debe a que lloró lo suficiente al darse cuenta que la abuela solo viviría por los siguientes tres meses, los tres meses que se cumplieron exactos el día de hoy.

Yo fui el primer y último nieto de Mary, no necesito dar mucha explicación a la gran obsesión que tenía mi abuela conmigo, el único hijo de su única hija. Durante tanto años fui el nieto que recibía cuánta cantidad de dulces, dinero e incluso los mejores regalos que una abuela podría ofrecerle a alguien el día de su cumpleaños. Debajo de toda esta lluvia recuerdo con claridad cómo la vejez se iba robando las sonrisas y palabras de ella, los recuerdos que tengo cuando salí de mi adolescencia son de ella postrada en una cama de hospital conectados a cualquier cantidad de aparatos y escuchando a doctores dándole a Mary cualquier cantidad de tiempo de vida, mientras le rompían el corazón a mi madre.

Cuando por fin salgo de mis pensamientos, me doy cuenta que solo mi madre y yo seguimos anclados juntos mirando la tierra que carga con el peso del ataúd, y me percato también de que me ha quitado el paraguas porque el sol ha comenzado a abrirse paso entre las nubes grises y la lluvia ha cesado. Un hombre se acerca por detrás de nosotros y toca el hombro de mi madre y de un sobresalto mi madre responde a su llamado “Tenemos que irnos, Elizabeth” me despido de ella e intento reconfortarla, mientras que con indiferencia me despido de mi padre, quien ni siquiera ha girado su rostro hacia mí. Finalmente, dentro de mis pensamientos imagino despedirme de mi abuela.

Por alguna razón, he pensado que los niños lidian mejor con la tristeza que nosotros los adultos; si un niño se siente triste llora, en cambio, si un adulto se siente triste hará de todo por no llorar. Pero, a veces es inevitable actuar como niños y después de tanto tiempo dejo salir la primera lágrima que abre camino a muchas más. Apoyado en el timón, me duermo dentro del auto; los sentimientos y emociones negativos suelen consumir todas tus energías y me despierto al sonido distintivo que hace mi teléfono cuando está a punto de quedarse sin batería. Me incorporo y conduzco a casa.

La noche llega más rápido de lo normal cuando estoy en casa, y las habitaciones parecen más vacías que antes y todo parece estar en más silencio que los días anteriores. Estoy consciente del extenuante día que ha sobrevenido hoy y mi mente no puede quedarse con un solo pensamiento sino que recorro cada cosa que me puedo imaginar, y me seduce la idea de encender la televisión para alejarme lo más que pueda de la realidad. Sé que quiero perderme tanto del momento presente que intento evitar la idea de beber, porque podría ser el siguiente en ser enterrado; pensamientos como este son los que me traen a Mary a mi cabeza. Luego de tres horribles horas viendo la maratón de “Friends” (espantoso, por cierto) comienzo a darme cuenta de lo adormilado que estoy frente a la televisión, y como no es de mi importancia caigo exhausto frente a las luces del televisor.

Extrañamente, mientras caigo dentro del sueño estoy plenamente consciente de eso; dejo de escuchar los sonidos a mi alrededor y escucho solo el sonido de mi profunda respiración, y junto a mi oído escucho una agitada respiración que atañe la mía y al darme cuenta de ello me despierto con el corazón acelerado y empapado en sudor. Me quedo sentado pensando bajo consternación sobre lo que escuché claramente y me dejo llevar por el lógico pensamiento de que ha sido debido a mi estado entre vigilia y sueño. Aun así, la experiencia me ha dejado incómodo y el silencio de mi casa se hace cada vez más agonizante y menos digerible para mí.

De camino a mi habitación, escucho desde la sala detrás de mí aquel característico sonido que hacía Mary con su boca antes de pronunciar una palabra, como un chasquido. Ya mi incomodidad ha dejado de ser... misma incomodidad y se convierte en temor y lo sé porque doy un gordo trago y un ligero calor recorre todo mi cuerpo desde los pies hasta la cabeza. No tengo el valor de comprobar si la sala está vacía, de pie en el pasillo hacia mi habitación el repentino frio me mueve por fin; estoy en ese estado de temor en el que (como todo adulto) lo oculto y por más que me engañe, sé que algo está mal.

Revolcándome en la cama con el cuarto a oscuras miro el reloj que marca 15 minutos pasados de la 1 de la mañana y en ese momento, las luces de los faros de la calle se apagan y mi habitación queda iluminado con tan solo la luz de la luna; me levanto para ver hacia la ventana y detrás de mí escucho de nuevo el chasquido. Esta vez, muero de miedo y apenas puedo mantenerme cuerdo y cuando por fin me doy la vuelta veo una silueta que parece ser la de Mary asomada a los pies de mi cama. Está de más describir el...terror que me causa dicha situación siento que el calor dentro de mi cuerpo está a punto de quemarme la piel y que el corazón puede explotarme. Me incorporo más y recobro un poco de valentía para hacer algo de lo que sé que me arrepentiré y con la voz resquebrajada le hablo a eso que yace a mis pies “¿Abuela Mary?” le digo con poca firmeza. Y en un parpadeo, la figura no está pero escucho el chasquido tan claro y tan cerca de mi oído que me da escalofríos y oigo su dulce voz con un tono muy poco perceptible que me dice “Álvaro” y como por arte de magia, dejo de sentir miedo y siento como si ella misma estuviese aquí “Tengo algo para ti ¿Me escuchas Álvaro? Tengo algo para ti, ve a...” el mismo sonido de mi teléfono interrumpe y no logro escuchar la última parte. “¡¿A dónde?! ¡¿A dónde debo ir, Mary?!... ¿Mary?... ¡Mary!” pero el silencio se adueña de mi habitación una vez más y ya no siento la presencia que sentía antes. Ahora estoy conmigo mismo.

Bajo la presión de la ansiedad y la duda recurrente de mi salud mental me es imposible cerrar mis ojos y conciliar el sueño. Es como que si no he caído en la cuenta aun de la experiencia que hace unos minutos hizo que me salieran varias canas.

A las 7 de la mañana, suena mi despertador y me despierta de un sueño del que no me había dado cuenta que había caído. “A lo mejor, todo fue un sueño” me digo con voz reconfortante, cuando me levanto de la cama me doy cuenta que el collar de perlas de mi abuela yacía en el suelo, donde había visto aquella silueta. Mary había sido enterrada con ese collar. Es en este momento, en que dejo de dudar de mí o de la realidad. Casi en pánico, con el corazón casi palpitándome en la boca, llamo a mi madre; no para decirle lo que pasó, sino para preguntarle si la abuela Mary había dejado algún tipo de testamento antes de morir, con la siempre presente calidez en su voz me explica que ella no ha dejado ninguno, ni tampoco le dio tiempo de mencionar alguna palabra sobre eso antes de enfermarse... “¿Por qué lo preguntas, Álvaro? ¿Alguien te ha llamado?” y le miento sobre mi curiosidad al o que ella responde que sería absurdo que hubiese dejado un testamento, pues realmente no tenía nada de valor que realmente importase.

Durante todo el día he estado pensado sobre qué fue lo que pasó esta madrugada, y lo más importante “¿Por qué?” digo en voz alta. Comienzo a pensar que la única razón por la que me sumerjo en pensamientos sobre lo que sucedió, es por simple curiosidad. Yo jamás pensé o se me cruzó por la cabeza que mi abuela tuviese algún tipo de secreto o que después de morir, secretamente haya querido dejarme algo. Pero haya sido ella o no, la curiosidad de saber qué es y dónde está me consume día y noche y muy pocas veces me ha dejado dormir. La curiosidad mató al gato.

Una semana después, en una noche de insomnio por la misma situación y de tanto buscar una forma de comunicarme con ella se me ocurre una idea de la cual estoy muy seguro que estaré arrepentido, y la llevo a cabo antes de cambiar de opinión. La ouija, es una de las formas que está más a mi alcance para comunicarme con mi abuela en el otro lado. Quiero suponer que ella sigue en algún plano cercano que permita comunicarme realmente con ella, su mensaje no fue bien recibido, así que espero que haya respuesta.

Después de buscar y buscar, encuentro navegando por ahí una forma casera de elaborar la ouija; en realidad, es mucho más fácil de lo que esperaba y no dudo más. Incluso, se me ocurre la idea de hacerlo utilizando el collar que quedó a pies de mi cama aquella vez. Rodeado de velas, en el suelo de mi habitación (decido hacerlo en el lugar en donde supuse haberla visto) con una página y todo lo necesario para comunicarme con... los muertos, me decido a estar listo. Quisiera pensar que en realidad no creo en estas cosas, en realidad, toda mi vida lo he dicho y lo he creído; pero, la verdad es que si fuera así no estaría haciendo esto en este momento. Me convenzo más de que lo que estoy haciendo es una tontería en el momento en que antes de empezar ese sentimiento de compañía me invade de repente y esta vez comienzo a sentir como el calor dentro del cuarto comienza a aumentar tanto que casi es insoportable, y para evitarlo abro la puerta dejando frente a mí la vista del pasillo oscuro y estrecho que dirige mi habitación a la sala de estar. Las únicas luces que logro ver son las de los faros de la calle que logran iluminar algunas partes de la casa y las luces inquietas de las velas.

Comienzo haciendo preguntas cliché las típicas de las películas y documentales; luego de mi décimo intento de hacer preguntas sin esperar respuestas decido rendirme, he intentado tantas veces que el miedo se ha disipado. Pero cuando levanto mi rostro y veo hacia el pasillo, al final de este veo la silueta de la última vez, pero esta vez está en cuclillas. La veo y siento un terror que no había sentido antes, si ese era algún tipo de espíritu de mi abuela, me da mucho miedo; a punto de gritar escucho en mi oído aquel sonido de su boca y la figura seguía ahí inmóvil, y como quien se acerca a tu oído a hablar la escucho, escucho su voz pero esta vez no puedo soportar el miedo y el escalofrío que el terror me causa oírla. “Ve al parque, Álvaro.” Me dice susurrando suavemente, mientras observo la figura al fondo del pasillo. El calor en la habitación es insoportable y permanezco mudo y con la respiración resquebrajada a punto de gritar y llorar. De la desesperación, deshago todo el juego y apago las velas dejando una oscuridad que me consume; me levanto y cierro la puerta de golpe esperando a que la silueta desaparezca porque hay tanta oscuridad que no logro ver si sigue ahí. Mientras los minutos pasan, el ambiente se tranquiliza y mi miedo desaparece. Al final creo que sí me arrepiento de haberme comunicado con lo que sea que haya sido eso.

Dos horas después de lo sucedido, tengo todas las luces de la casa encendidas y por fin tengo el suficiente valor para ir a donde “ella” me había dicho. Mi abuela solía llevarme a parque bastante peculiar que quedaba a las afueras de la ciudad, su peculiaridad era que nunca vi a nadie más ahí en ese lugar, fuese la hora que fuese. Y sin pensar en lo que sea, a la media noche me dirijo hacia allá. En el camino, escucho mi celular y es mi madre llamándome y en este momento lo ignoro porque tiene la costumbre de llamarme cuando cree que algo malo está pasando. Sus llamadas suenan durante todo el camino, y cuando llego por fin a mi destino, a lo lejos del parque noto a un grupo de personas que parecen rodear una fogata tomados de las manos.

Realmente, lo crea o no siento como si algo me llamase hacia aquel lugar y me siento tan convencido de ello que me dirijo hacia ellos, y siento como mi teléfono vibra en mis pantalones porque mi madre sigue llamando insistentemente. Cada vez más cerca del grupo de personas, siento más y más curiosidad; y logro ver cómo todos se voltean hacia a mí, un hombre bastante alto me grita desde allá “¡Álvaro, te estábamos esperando!” mientras se acerca a mí con los brazos abiertos hacia el cielo, creo que es muy tarde para mí notar que estas personas rodean una fogata con una gran cruz en el medio de todo el fuego y que detrás de mí hay más personas que no había visto antes y murmuran palabras que no entiendo. Está de más decir lo aterrado que estoy, sé que no saldré de aquí con bien; y por fin decido contestarle a mi madre y escucho su voz al otro lado del teléfono que me dice “Álvaro, lamento llamarte tan tarde, cariño. Encontré entre las cosas de mi madre una nota y es para ti. Creí que te gustaría saberlo.” Luego de eso siento como una lágrima recorre mi mejilla y las personas detrás de mí me arrebatan el teléfono. Jamás pensaría que viviría todo lo que viví, para que mi destino fuese ser un sacrificio humano. Al parecer, estaba destinado a ello y mi vana curiosidad me condenó.

Fin

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