Para Santiago, los años no hacían más que empeorar su insomnio; aunque esa mañana lograba finalmente – tras un arduo esfuerzo rodando sobre la cama – dormir plácidamente algunos minutos. Su sueño liviano lo hacía permanecer muy cerca de la orilla de la cama, manteniendo un claro límite entre él y el espacio donde Lisa, su mujer, dormía con mucha más tranquilidad que él.
Las mañanas de Santiago y Lisa estaban esbozadas con una perturbadora cotidianidad que ignoraban continuamente bajo una horda de preocupaciones, que hacían que un día cotidiano fuese lo más cercano a la paz. Con la naturalidad y consideración de una mujer casada, ella se levantaba maniobrando el silencio, y antes de que su marido se enterase, Lisa habría tomado sus cosas y se dirigía al trabajo sin mediar palabra con el atribulado Santiago, que permanecía dormido con el entrecejo fruncido, boca arriba con las manos empuñadas sobre su pecho.
Ese día tomó un rumbo diferente, cuando Santiago fue víctima de un estremecedor despertar; cualquier otro día, el motor del auto de Lisa era suficiente para despertarlo, o inconscientemente lo despertaba la soledad; pero en ese preciso momento, fue un sollozo lastimero el que lo sacudió fuera de su sosiego, un quejido que despilfarraba un ardiente dolor y que, por un momento, Santiago creyó haber sentido el aliento chocar contra su mejilla. Encontrándose por fin en vigilia y retomando control de sus sentidos, se incorporó con rapidez encontrando apoyo sobre su hombro, estirando su otro brazo para consolar a su esposa, quien – para su horrenda sorpresa – no estaba más allí.
Inmutado por el miedo, permaneció inmóvil, mientras que dentro de sí mismo se suscitaba una batalla entre la razón y el horror. Estaba seguro de lo que había escuchado, y de lo que había acontecido. No dudaba de que el llanto permaneció hasta que él, a cargo de su consciencia, notó que Lisa no estaba junto a él. Este pensamiento le provocó un escalofrío que le recorrió toda su espalda; y naturalmente decidió ignorarlo como haría cualquier hombre que ha perdido la fe hasta en sí mismo.
Volcado inconscientemente en la confusión, se sentó en la orilla de la cama, sosteniendo su rostro con las manos y restregando sus ojos, resucitándolos del interminable cansancio al que estaban expuestos por naturalidad y a la vez, reconstruía los hechos con mucho detalle. “¿Lisa?” preguntó, mientras giraba su cabeza hacia la puerta detrás de él. Agudizó su oído en expectante espera de una respuesta y poder descartar posibilidades plasmadas por el escepticismo; pero alarmantemente, la casa permaneció en un angustioso silencio.
Sacudiéndose de todo pensamiento lúcido, decidió dejar atrás lo ocurrido, y la tranquilidad volvió a su rostro cuando, al bajar las escaleras advirtió como de costumbre, que en la mesa del comedor lo esperaba el desayuno. El alivio brotó fuertemente de su nariz, pero aún así, la preocupación se hincaba profundamente dentro de su pecho. Sentado en la penetrante soledad de su casa, pintada de una oscuridad peculiar de una casa vacía, permaneció pensativo.
Santiago padecía de un particular desinterés por el mundo exterior, creando dentro de aquella casa un mundo cotidiano, pero este día dentro de sí mismo palpitaba una innegable sensación de que algo andaba mal. Permaneció inmóvil, inmerso en sus pensamientos, con la comida intacta frente a él y la mirada perdida; intentaba recordar una incómoda discusión que había causado con su esposa, pero a pesar de haber sido tan acalorada, no lograba recordar mucho de aquello, de hecho, para la sorpresa del hombre meditabundo, no recordaba absolutamente nada al respecto.
Discutir con Lisa era de las pocas cosas que le carcomían el corazón, llevándole, naturalmente, a rumiar sobre aquello. Había algo dentro de él que le inducía a pensar que había sido una de los desacuerdos más agitados que había tenido con ella en la historia de su matrimonio; a pesar de ello, su memoria bajo el esfuerzo de recordar, no tuvo mucho éxito. Enajenado por la introspección, concluyó que no solo había olvidado aquello, sino todos sus días antes del hoy, olvidaba el aspecto de Lisa e incluso su voz. Sus recuerdos se limitaban a la mañana de hoy, a la vaga idea de una estrepitosa disputa y una esposa llamada Lisa; y así permaneció un largo rato, en un estado catatónico inducido por la confusión, intentando recordar su vida.
De nuevo, un imperioso suspiro lo sacudió a la realidad, y restregando con fuerza sus ojos se rindió a la amnesia que lo torturaba esa mañana. La paz que trae consigo la aceptación de una incómoda situación, no le duró mucho, el sordo silencio que lo atormentaba fue interrumpido de nuevo por un turbado llanto que provenían de su habitación; estrepitosos lamentos que le helarían la sangre a cualquiera. Esta vez, los gemidos de angustia eran tan anhelantes que eran imposibles de ignorar y enterrar en el escepticismo, así que se levantó de la mesa con presura y subió la gradas para encontrarse de frente con la puerta de su habitación, fuente de tremenda angustia.
Tomó el picaporte de la puerta con cautela e instintivamente, abrió la puerta de un solo golpe, esperando sorprender al culpable; con la misma rapidez que la puerta se abrió, la habitación recobró el silencio y casi al mismo tiempo, con el rabillo del ojo notó algo que le hizo girar su cabeza maquinalmente. Había un hueco en la cama, justo donde Lisa dormía, como si hubiese un cuerpo invisible sobre esta y despareció al momento que Santiago abría la puerta y junto con ello, un retrato de la pareja que yacía en la mesa de noche, se desplomó cayendo sobre el suelo justo al lado de la cama. Santiago permaneció azorado, completamente en silencio, a excepción de su entrecortada y agitada respiración.
Presa de un miedo que intentaba ocultar con forzada calma, salió de la habitación y bajó las gradas nuevamente, trastabillando a causa de los nervios que le sacudían las piernas. Se sentó de nuevo a la mesa, tomando con una mano temblorosa, a causa de la paranoia, su taza de café. Se llevó la taza a la boca con dificultad, pero al tomar su primer sorbo frío, notó que extrañamente carecía de sabor y al olerlo con desesperación notó que sus sentidos estaban ausentes y nada en aquel plato frente a él sabía ni desprendía olor; su miedo y preocupación se convirtieron en ira, y aquella se soltó en un repentino y violento golpe a la mesa, golpe que inexplicablemente no le causaba ninguna sensación de dolor.
Un hombre bajo un estado constante de preocupación sobre aquellas cosas que están fuera de su control, llega a encontrarse en un estado de aceptación, en el que las emociones y los sentidos se inhiben, como si el cuerpo por fin sucumbiese a la agonía. Bajo este estado, Santiago, con la impresión de no tener nada qué perder, se dirigió de nuevo a su habitación; derrotado en una batalla dentro de él mismo, se desplomó sobre su cama, tratando nuevamente de recordar aquella disputa con Lisa, pero después de unos minutos, con inexplicable facilidad logró conciliar el sueño.
Un llanto que agolpaba un punzante dolor le hizo despertar dolorosamente bañado en preocupación, haciendo que se levantase de golpe con torpes movimientos impulsados por el sueño que aún padecía. De pie, completamente consciente, el corazón le dio un vuelco cuando comprobó que el llanto adolorido no callaba ante su presencia. Comenzaba a ensordecerle y en un intento desesperado por recuperar la cordura, dejó que sus decisiones tomasen partido por la razón y acercándose con cautela, tomó las sábanas de la cama y las arrebató con la esperanza de acabar con el misterio del penetrante lamento, pero no se encontró con nada más que una cama vacía y de repente el silencio reinó de nuevo.
Al borde del lamento y con el corazón a punto de salirse por su boca, una mancha oscura en la almohada de Lisa captó su atención, estaba húmeda, como en aquellas ocasiones en las que ella lloraba desconsoladamente por culpa de él y mientras comenzaba a recordar, observó que el retrato que había estado en el suelo, se encontraba ahora justo encima de su cama.
Su rostro revelaba la mirada de un hombre que ha sucumbido al miedo visceral y que se ha dado cuenta que aún no lo había visto todo y con lenta incredulidad se alejaba de la cama. Mientras retrocedía, su espalda se topó con algo que parecía bastante sólido, pero que a su vez se balanceó y volvió a tocar su espalda, esta vez haciéndolo voltear. El horror parecía intentar sacarle los ojos de sus órbitas, trataba de entender lo que estaba viendo y al darse cuenta del hecho, con la boca abierta, la sorpresa lo empujó hacia atrás cayendo al suelo sin quitarle los ojos de encima al cuerpo sin vida que colgaba en la habitación, y al reconocer que era él mismo, el llanto comenzó a perforarle de nuevo los oídos y supo instintivamente que se trataba de Lisa, y así mismo recordó el horror de una vida que lo había llevado a cometer aquella atrocidad.
Dicen que el infierno del hombre, es repetir la desgracia una y otra vez. El llanto desesperado de su esposa era el infierno de Santiago, y la sensación de angustia de no poder reparar lo hecho, sería el recordatorio de que sería él, el fantasma que carcomía la vida de ella.
Fin