26 Apr

El extraño caso… del retrato de Dorian Gray

Por Liza Gabriela N. Pagoada 

Abril, 2022

     No cabe duda que mis obras literarias favoritas del siglo XIX son: El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde (1886) del autor originario del Reino Unido: Robert Louise Stevenson (1850 – 1894); y El retrato de Dorian Gray (1890) por el irlandés Oscar Wilde (1854 – 1900). Uno de los tópicos que estas novelas tienen en común es la dualidad del hombre; en otras palabras, el enfrentamiento de los instintos y deseos humanos – como inmoralidad – , y la virtud social – como rectitud – Se podría considerar también otras obras dentro de esta misma línea de pensamiento del género de la novela fantástica, como El Vizconde Demediado del italiano Italo Calvino (1923 – 1985), otra obra que desprende ideas sobre la dualidad del hombre, una menos abstracta y que expone un mayor contraste y una línea divisoria más marcada entre el bien y el mal dentro del alma humana. Es por esa razón que es otra de mis favoritas, pero en esta ocasión he decidido dejarla por fuera, pues no coincide con la idea que las anteriores expresan y son pues, de diferentes siglos. Las dos primeras comparten una temática más abstracta de la moralidad e inmoralidad del hombre y la línea divisoria entre ambos contrastes es menos visible en cuanto a dónde empieza y termina. Además, son contemporáneas, lo cual se me hace un poco difícil separarlas. Así pues, son consideradas por mi persona como una genialidad literaria para expresar lo nocivo de reprimir deseos ante los ideales sociales. Lo “moralmente correcto” resulta ser subjetivo, varía en tiempo y espacio, y de individuo a individuo.

     Así pues, la idea de la maldad como los deseos e instintos, y la bondad como la virtud mostrada a la sociedad, crea personas que pecan a la hipocresía casi naturalmente. ¿Es la hipocresía entonces moralmente correcta? Es un círculo complicado de contradicciones. Es hipócrita entonces, que el hombre busque la más mínima oportunidad de dejar salir sus instintos y de satisfacer sus deseos, pero la hipocresía es castigada igualmente. En estos peliagudos dilemas se encuentran nuestros personajes constantemente, y es como se expresa la crítica de que la sociedad obliga a los hombres a pecar de hipócritas. Aun así, esta falta podría ser imperdonable para algunos y muchos otros ven la hipocresía como un bien necesario para las relaciones sociales, entonces ¿son las cuestiones morales subjetivas? Al parecer lo son, y si no, pues son bastante irónicas y contradictorias.

     Una vez dentro de ambas historias, considero importante resaltar que los personajes no fueron descritos con detalle y perfección físicamente, y muy pocas de sus fechorías fueron descritas con claridad. El autor nos da simplemente un contexto que nos permite reconocer que muy dentro de ellos existe maldad, y esta maldad comienza con la necesidad de parecer uno en sociedad y otro a puertas cerradas. La falta de una descripción específica de qué pecados cometían estos personajes, nos da la libertad de llenar los huecos en donde hay misterios y los llenamos con las versiones de maldad, manipulación e hipocresía que nosotros conocemos. Entonces es así como se convierten casi como en un reflejo del lector. Como buen clásico, estas obras se adaptan a las ideas y a las creencias que pasan en el tiempo y nos parecen historias cautivadoras porque las adaptamos a lo que nosotros mismos vivimos en nuestro tiempo.

     Es reiterado por Stevenson que Hyde tiene un rostro horrible, que expresa pura maldad y cito: “…cada vez que miraba a mi prisionero se le veía palidecer y atragantarse con los deseos de matarle (Stevenson, 2010, pág. 17).” Por lo que la descripción es bastante guiada por el contexto y más sobre cómo hace sentir a los demás; entendemos entonces, ¿qué es lo que vemos cuando hablamos de Hyde? ¿qué es lo que vemos en el monstruoso retrato de Dorian Gray? Vemos la versión de lo que nosotros – como lectores – pensamos que es bizarro, retorcido y monstruoso. Eso está claro, y es por eso que es importante mencionar la relación entre el lector, la obra y el autor. Si el autor fuese a relatar exactamente lo que debe imaginarse el lector, no hay mucha interacción entre el lector y la obra y perdería su magnífica esencia. Pues si fuesen estos personajes basados en la idea de alguien más sobre maldad e inmoralidad, no nos causaría tanto horror.

     Podría decirse que el autor estuviese completamente avergonzado de cantar a detalle en la obra lo que para él fuese moralmente incorrecto. Es decir, que, a pesar de ser arte, este debe mantener cierta hipocresía ante la sociedad que lee. Incluso se conoce que Oscar Wilde agregó el prólogo de su libro como protesta tras ser acusado por escribir un libro inmoral, incitando al morbo. Sea cual sea la razón por la que fue escrito, personalmente considero al libro meramente como un espejo del que lo lee, es en sí nuestro propio “retrato de…”. Así pues, acusar al autor, nos llevaría a exponer a la luz que no somos tan correctos ante la sociedad, pues fuimos capaces de dejar volar la imaginación llenando los espacios vacíos con nuestras propias ideas de bien o mal.  Ambos autores muchas veces obviaron pecados de los personajes; en el caso de Dorian Gray, sabemos nada más que contexto: su remordimiento tras ser malo, y cómo se pasó la vida descociendo y adulterando la vida de los demás llevándolos al suicidio. Estos puntos nos hacen pensar que se llevaron a cabo cuestiones imperdonables, pero ¿qué cuestiones imperdonables? Eso depende de la propia alma del lector.

     Continuando, no he encontrado forma de poner un dedo en lo que me llama la atención de las obras en específico, pero sí es evidente que encuentro fascinante la idea de la dualidad y escrúpulos que tienen las personas. Abrir un libro y leerlo, es una aventura en sí misma, pero terminarlo y abrirlo nuevamente después de varios años, resulta ser una aventura completamente distinta. Con esto quiero decir que, la primera vez que leí ambas obras, me resultaron increíbles, tanto en su trama, como lo fue en el lenguaje utilizado; aun así, la primera vez que leemos un libro obviamos muchas cosas, porque estamos enfocados en cómo va a terminar. Una vez que ya sabemos cómo termina, solo podemos enfocarnos en pequeños detalles y en la interacción que tienen algunos personajes; esto, combinado con que nuestras ideas maduran, la historia se vuelve completamente diferente, casi como una experiencia nueva. Un niño no tendría miedo de las atrocidades que cometió Dorian, ni tampoco de Mr. Hyde, pues muy poco sabe un niño de inmoralidad y maldad. Cuando ya hemos conocido el mal cara a cara, la inmoralidad y la corrupción del alma, es cuando estos personajes se tornan en verdaderos villanos y solo así nos pueden horrorizar y perturbar.

     El horror no es causado solamente porque los personajes son complejos psicológicamente, pues no indagamos mucho en ellos más que en sus pecados y su intento constante de esconderlo; lo que nos atemoriza de estos, es que son un espejo o un retrato propio de nuestra propia oscuridad. Es decir, Dorian es tan inmoral y hedonista en relación a lo que lo somos nosotros, pues Wilde no pone la balanza, si no, nosotros. Así mismo, Hyde es tan odioso y horrible en cuanto nosotros conocemos qué es horroroso. Así pues, estoy en búsqueda de más historias que capten la maldad del lector, y que sea mostrada frente a nosotros como un espejo. Así mismo como se sintió identificado Dorian con el personaje del libro que lo sedujo a la corrupción, y cito: “El héroe del libro, el maravilloso joven parisense (…) llegó a ser para él una especie de prototipo prefigura de sí mismo. Y, realmente, todo el libro parecía contener la historia de su propia vida… (Wilde, 2020, pág. 239)”.

     Con esto, el autor tiene una idea de lo que es un libro que no es corrupto, pero en su función, corrompe. Entonces, ¿es el libro nuestro retrato? Al leerlos, ¿nos convertimos en nuestra versión de Mr. Hyde? Es probable que sí, si reflexionamos en ello lo suficiente como para dejarnos manipular por la obra sin ninguna atadura a la moral o a las expectativas sociales. Es por eso que El Vizconde Demediado, no podría entrar en este artículo, pues sus maldades fueron descritas por el autor con mucho detalle, y se determina como una maldad pura, pero casi cómica, y no se trata tanto del lector, sino de una idea más general que nos presenta que todos tenemos un lado malo; por eso, Italo Calvino no resulta ser tan cruel como lo fueron Wilde y Stevenson.

     Quiero terminar aclarando que no es mi idea atemorizar y no permitirles la libertad de abrir ambas obras y leerlas, en realidad, se las recomiendo si no las han leído. Estos clásicos son lo que son por una razón y merecen ser, no solo leídos, sino también criticados y cuestionados; pero depende de nosotros qué tan perturbadores pueden llegar a ser, así que espero les estimule la curiosidad. Tampoco quiero desviar a las personas que lean estas obras, a ignorar los miles de temas, estilos y formalidades más sobre estas, pues valen la pena por muchas razones, pero sí es importante destacar que gran parte de ella depende de quienes somos nosotros.

Liza

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