
I.
El tictac del reloj retumbaba en mi cabeza, aturdiéndome, era vulnerable a los tumbos del paso del tiempo y víctima del impacto del correr de los segundos. A pesar de todos los años que se me han ido acumulando en la espalda, nunca hice las paces con los relojes análogos, sería una ironía poseer uno. En casa, el silencio se rompe con el sonido de la brisa que entra sin permiso por las ventanas desempolvándolo todo – como si incluso Céfiro hubiera sucumbido a un ataque de ira –, y con el constante goteo de la ducha que he pospuesto muchas veces reparar; ninguno de ellos es tan amenazante como el golpeteo del paso del tiempo.
El reloj estaba en mi cabeza. El tiempo suele correr por mis venas mientras espero los pendientes que me sirve la vida; me mantiene presa, convirtiéndose en mi esencia y el defecto más oscuro, un lunar en medio del carisma que me cubre por la superficie. No suelo perseguirlo, mi vida se congela bajo las apremiantes metas, se inmoviliza como el cervatillo que ve al peligro venir y se prepara para correr… o llegar tarde a todas sus citas. Cuando el reloj comienza a mover sus agujas, se sacuden con ellas los pensamientos, los planes y las ideas, todo para que absolutamente nada tenga lugar a salir mal.
Mi mundo se detuvo en seco cuando Samuel habló – su invitación a cenar nacía de la inocente ilusión de compartir unas horas más conmigo esa noche y alargar el tiempo juntos. Pese a eso, me invadió la frustración: un enfado suscitado por un viejo enemigo, la incertidumbre. Es como un cáncer que una vez instalado en el cuerpo se ramifica apático. Enferma con voces que nacen desde dentro y murmuran todas al mismo tiempo, cuestionando, haciendo que pierdas la fe en tu capacidad de afrontar una situación tan trivial como una cita incómodamente inesperada. Desgarra la confianza y contagia de un agobio nacido en escenas de un futuro que no existe aún, pero la imaginación las juzga inevitables, preparándote para lo que sobrevenga.
Samuel lanzó la pregunta como una pelota de tenis que se alojó justo en mi frente, agrietándome entera, dejando escapar por las aberturas gritos de ansiedad. Él – abrigado solamente con su bata – se refugió en el cuarto de baño de la habitación con la rapidez de quien lanza una granada y espera el golpe de la honda expansiva, con la diferencia de que la suya había caído en un campo minado.
Cuando el silencio hubo dicho lo que las palabras nunca pudieron, asomó su cabeza por el umbral de la puerta con ojos atribulados que buscaban los míos tratando de encontrar una respuesta. Me encontró sentada en la cama con las piernas estiradas, sostenía un libro que hojeaba con distraída indiferencia con la mirada perdida, buscando la salida entre pensamientos que mordisqueaban dolorosamente mi consciencia al ritmo del tictac que sonaba ahogado entre murmullos ficticios.
Atrapada en una angustia invisible para él, reducida apenas a un silencio incómodo que él cortó tajante pidiéndome una respuesta. Su molestia era evidente, porque esta vez no esperó mucho a que yo hablase; suspiró vencido y con un dejo de derrota apenas contenida sugirió por fin dejar los planes para otra ocasión.
Samuel poseía una inclinación natural a la gentileza, mi necia condición se presentaba ante él como un obstáculo que él trepaba a paso lento; encontré sus ojos esperándome al otro lado de la habitación. Sin embargo, la ansiedad nunca se conforma con un simple gesto; es una criatura insaciable que exige certezas, planes y horarios para aquello que – por naturaleza – pertenece a lo impredecible. Cuando la incertidumbre se niega a obedecerlo, se descarrila y a mí, me desmorona.
Mi frustración comenzaba a abrirse caminos a tropezones entre la poca cordura que me quedaba, empapándome la voz de disgusto cuando me dirigí hacia Samuel, pidiéndole que fuese él quien siembre la certidumbre. Me habló con una palpable gentileza, un poco fingida para ocultar su desilusión: entre sus cálidas manos me ofreció certeza, un plan con fecha y hora; así fue como se adueñó de mi la parálisis.
Es una pesada sombra que te estruja por detrás, es un terco recordatorio de que algo importante se acerca con el sigilo de un depredador hambriento. Su abrazo es asfixiante, como una serpiente que entumece y no te deja otra opción más que quedarte en cama escuchando sus delirios que imitan pensamientos oscurecidos por la duda; los minutos pasan holgazanes cuando el silencio de la anticipación te prepara para lo peor.
II.
Parsimonioso llegó el día acordado, se acercaba cauteloso el momento de irme y mis pensamientos corrían en círculos provocando un tornado que advertía que la hora de salida era inminente y el pronóstico indicaba siempre un final catastrófico. Mis ojos, cómplices de la amarga espera, se posaban constantemente en la hora que marcaba mi teléfono, registrando cada milisegundo; la tensión aumentaba a medida que la hora se acercaba, y mientras maldecía mi cruel puntualidad, Samuel no llegaba.
Una notificación interrumpió la parálisis que me doblegaba – ella misma se estremeció y me soltó por un segundo – abatiendo mi consciencia como lo hace el chasquido de un mago al hipnotizarte. Se trataba de un mensaje que leía: “Hay mucho tráfico, Cristina.”; entre los tropezones gramaticales supe que Samuel se ahogaba en la necesidad de esquivar las balas en las que se proyecta mi ansiedad, la de una persona que sufre de un insomnio impuesto por la anticipación que apretuja hasta que finalmente hace estallar.
Mi corazón estaba a un latido de romperse y desmoronarme desde adentro; el bullicio era angustioso pero invisible para cualquiera que entrase a la habitación. Dentro yacía en cama una mujer elegantemente vestida, sumida en sus pensamientos con la mirada incrustada en una mancha del techo. La desesperación apenas se manifestaba en el incesante movimiento de su pie derecho, como si la ansiedad intentara sacudir los pensamientos que cargaban sobre Samuel, la culpa por no haber anticipado el tráfico, ese mismo del que me habló tantas veces el espectro de la parálisis mientras intentaba dormir.
Aquella lucha me pareció durar una eternidad cuando finalmente mis oídos se agudizaron al distinguir el sonido del claxon del auto. Aquello viajó como un bálsamo por todos mis nervios, circuló por mi sangre, alojándose en el corazón. En mi mente volvió a florecer el silencio; tan solo el rumor de mi respiración quebrantaba la quietud, haciéndose más profunda y deliberada, al compás del lento transcurrir de los segundos.
Era hora de irme, la parálisis me soltó por fin permitiéndome cruzar el umbral que me dejaría enfrentar lo desconocido. Estaba lista, y a tiempo.
Fin.